Completado su ritual matutino, se puso a cuatro patas y sacó una caja de madera de debajo de la cama. Colocó la caja sobre la mesa y deslizó los dedos sobre la elaborada inscripción de la tapa. Con cuidado, cortó los artículos del periódico, prescindiendo de los que trataban sobre Ronald Jeffreys. Abrió la caja y guardó los artículos plegados en el interior, sobre otros recortes, algunos de los cuales empezaban a amarillear. Revisó los demás objetos: un reluciente paño de hilo blanco, dos velas y un frasquito de óleo. Despues, lamió el resto de la mermelada del cuchillo y lo devolvió a la caja, donde lo colocó con suavidad sobre el algodón suave de unos calzoncillos de niño.


Timmy Hamilton se apartó de la cara los dedos de su madre; ambos vacilaban en los peldaños de la iglesia de Santa Margarita. Ya era terrible que llegara tarde, el colmo sería que sus amigos vieran a su madre peinándolo.

– Vamos, mamá. Nos ve todo el mundo.

– ¿Ese moratón es nuevo? -le levantó la barbilla y le ladeó la cabeza con suavidad.

– Chad y yo chocamos en el entrenamiento de fútbol. No es nada del otro mundo.

– Tienes que tener más cuidado, Timmy. Te salen moratones tan fácilmente… No sé cómo he podido dejarte jugar al fútbol -abrió el bolso y empezó a hurgar en él.

– Voy a llegar tarde. La misa empieza dentro de quince minutos.

– Pensé que había guardado la hoja de inscripción y el talón para la acampada…

– Mamá, ya voy tarde.

– Está bien… -cerró el bolso-. Dile al padre Keller que se lo enviaré mañana por correo.

– ¿Puedo irme ya?

– Sí.

– ¿No quieres ver si se me ve la etiqueta de los calzoncillos?



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