Sobre la mesilla de noche se erguía su objeto de mobiliario más elaborado: una lámpara cuyo pie era un relieve detallado de querubines dispuestos con elegancia. Era uno de los pocos lujos que se había permitido con sus pobres ingresos. Eso y los tres cuadros, aunque sólo fueran reproducciones enmarcadas. Los había colgado en frente de la cama, para poder mirarlos mientras se quedaba dormido, aunque le costaba conciliar el sueño aquellos días. Era imposible cuando empezaban las palpitaciones, que invadían su vida, por lo demás tranquila, y hacían resurgir los terribles recuerdos. Aunque su habitación era sobria y sencilla, le procuraba breves intervalos de consuelo, control y soledad en aquella vida que ya no le pertenecía.

Miró la hora en el reloj y se pasó la mano por la mandíbula. Aquella mañana no tendría que afeitarse; su rostro aniñado seguía terso tras el afeitado del día anterior. Tenía tiempo para concluir la lectura, aunque se negaba a detenerse en los artículos sobre Ronald Jeffreys. Jeffreys nunca había merecido la atención que había suscitado y, allí estaba, todavía en el candelera incluso después de muerto.

Terminó de desayunar y limpió la mesa meticulosamente, sin que una sola miga escapara a los rápidos pases con el paño húmedo. Del lavabo de su minúsculo cuarto de baño sacó sus Nike, que había restregado a fondo y no les quedaba ni rastro de barro. Aun así, lamentaba no haberse descalzado antes. Las sacudió y las dejó a un lado para lavar el único plato que consideraba suyo, un frágil Noritake pintado a mano que había tomado prestado hacía tiempo del aparador de porcelana de la comunidad. Llenó con agua hirviendo la taza y el plato a juego, también prestados. Con delicadeza, sumergió la bolsita de té usada, esperó a que el agua adquiriera el consiguiente color ámbar, sacó la bolsita y la estranguló como si quisiera que le entregara hasta la última gota.



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