La plaza principal estaba bordeada de pequeñas tiendas: una oficina de correos, el Café Wanda's, el cine, un lugar llamado La Casa del Pintor, una pequeña tienda de comestibles y una droguería. Algunas lucían toldos rojos; otras tenían maceteros con geranios todavía en flor. En el centro de la plaza, el edificio del juzgado se erguía por encima de los demás. Construido en una época en que el orgullo desdeñaba los gastos, su fachada incluía un relieve detallado del pasado de Nebraska: carromatos de colonos y caballos con arados separados por la balanza de la justicia.

En el vestíbulo del juzgado, el eco de los tacones de Maggie ascendía desde el suelo de mármol hasta los altos techos abovedados. No había guardia de seguridad, ni siquiera un mostrador. Estudió el directorio de la pared. La oficina del sheriff, junto a varias salas de justicia y la cárcel del condado, ocupaban la tercera planta.

Prescindió del ascensor y subió las escaleras, una espiral abierta que permitía ver la entrada a vista de pájaro. La oficina del sheriff estaba desierta, aunque una de las habitaciones del fondo despedía un olor a café recién hecho y un zumbido de fotocopiadora. El reloj de pared marcaba las once y media. Maggie consultó su reloj. Todavía tenía la hora de la Costa Este; la cambió mientras se acercaba a la ventana. El cielo estaba cubierto de nubes grises y amenazadoras.

Ni siquiera era mediodía y ya estaba agotada. Después de su pelea con Greg y otra noche en vela rehuyendo las imágenes de Albert Stucky, aquella mañana, el avión la había zarandeado a miles de metros por encima del suelo. Detestaba viajar en avión, y cada vez se le hacía más insufrible.

Era el control, le recordaba su madre siempre que podía:

– Tienes que relajarte, Maggie, cariño. No puedes pretender controlarlo todo las veinticuatro horas del día.



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