
Y aquello lo decía una mujer que, tras veinte años de terapia, todavía forcejeaba con el significado de la palabra «autocontrol». Una mujer que ahogaba su dolor por su difunto marido en la bebida, emborrachándose hasta caer inconsciente todos los viernes por la noche, y que llevaba a casa al desconocido de turno que le había pagado las bebidas. Hasta que uno de sus amigos no propuso un ménage à trois con la madre y la hija, no dejó de llevar a los hombres a su casa e insistió en ir a un motel. Más que repugnarle, la idea de compartir a su hija de doce años la había amedrentado.
Maggie se frotó la nuca; tenía los músculos contraídos por la tensión, una tensión que los pensamientos sobre su madre no tardaban en producir. Lamentaba no haberse registrado primero en un hotel y haber almorzado algo en lugar de presentarse allí directamente. Pero estaba preparada para acometer la tarea, porque había dedicado las horas de vuelo a repasar lo que sabía de Ronald Jeffreys. El reciente asesinato tenía el estilo de Jeffreys, incluido el corte en forma de equis dentada en el pecho del niño. Los imitadores solían ser meticulosos, duplicaban hasta el último detalle para intensificar la emoción. A veces, eso los hacía más peligrosos que el asesino original. Se perdía la pasión y, por consiguiente, la tendencia a cometer errores.
– ¿Puedo ayudarla en algo?
La voz sobresaltó a Maggie, que giró en redondo. La mujer joven que acababa de materializarse no se parecía en nada a la imagen que Maggie tenía de una empleada de la oficina del sheriff. Llevaba la melena demasiado ahuecada, la falda de punto demasiado corta y ajustada. Parecía una adolescente arreglada para una cita.
– He venido a ver al sheriff Nick Morrelli.
La mujer miró a Maggie con recelo, manteniendo su puesto en el umbral como si estuviera resguardando las oficinas del fondo. Maggie sabía que el traje de pantalón azul marino le confería un aspecto oficial y ocultaba la figura esbelta que, a veces, le quitaba autoridad. Desde el comienzo de su profesión había desarrollado unos modales bruscos, a veces incluso cortantes, que reclamaban respeto y compensaban su corta estatura. Con su metro sesenta y dos de altura y cincuenta y dos kilos de peso, había superado por los pelos los requisitos físicos de la agencia.
