– Hola, Lucy. ¿Va todo bien? -dijo el hombre más joven, mirando a Maggie de abajo arriba. Cuando sus ojos alcanzaron los de ella, sonrió como si se hubiese ganado su aprobación.

– Estaba intentando averiguar qué quería…

– He venido a ver al sheriff Morrelli -la interrumpió Maggie. Empezaba a impacientarla que la trataran como a un inspector de hacienda.

– ¿Para qué quería verlo? -fue el turno del ayudante de interrogarla, arrugando la frente de preocupación y enderezándose, como si estuviera alerta.

Maggie se pasó los dedos por el pelo, irritada. Sacó su insignia y se la enseñó.

– Trabajo para el FBI.

– ¿Es usted la agente especial O'Dell? -dijo el hombre más joven, con cara de avergonzado más que de sorprendido.

– La misma.

– Perdone por el tercer grado -se secó la mano en la camiseta y se la extendió-. Yo soy Nick Morrelli.

Maggie estaba convencida de haber reflejado sorpresa, porque Morrelli sonrió. Maggie había trabajado con bastantes sheriffs de poblaciones pequeñas para saber que no eran como Nick Morrelli. Parecía, más bien, un atleta profesional, de ésos cuyo atractivo y encanto disculpaban su arrogancia. Los ojos eran celestes y resaltaban sobre la tez morena y el pelo oscuro. Estrechó la mano de Maggie con firmeza, nada de apretones suaves reservados para las mujeres; sin embargo, sostenía su mirada y le dedicaba toda su atención, como si fuera la única persona de la sala: una táctica que empleaba solo con las mujeres, no había duda.

– Éste es el ayudante Eddie Gillick, y ya conoce a Lucy Burton. Lo siento, estamos un poco nerviosos. Hemos pasado un par de noches muy largas, y ha habido muchos periodistas husmeando por las oficinas.



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