– Nick no está en este momento -dijo la mujer en un tono que indicaba que no iba a revelar información adicional-. ¿La estaba esperando? -la mujer cruzó los brazos y se enderezó en un intento de ganar autoridad.

Maggie volvió a pasear la mirada por la oficina, pasando por alto la pregunta y demostrando a la mujer que no estaba impresionada.

– ¿Puedo ponerme en contacto con él? -fingió interesarse por el tablero de anuncios, que contenía un póster de «Se Busca» de los años ochenta y un anuncio del baile de Halloween.

– Mire, señora, no pretendo ser grosera -dijo la mujer joven, repentinamente insegura-. ¿De qué quiere hablar con Nick… con el sheriff Morrelli, exactamente?

Maggie volvió la cabeza hacia la mujer, que de pronto le parecía mayor: las arrugas se hacían evidentes en torno a sus labios y a sus ojos. Se balanceaba sobre los tacones de aguja de cinco centímetros y se mordía el labio inferior.

Justo cuando Maggie estaba deslizando la mano en el bolsillo de la chaqueta para enseñarle su insignia, dos hombres entraron con estrépito por la puerta. El de más edad llevaba un uniforme marrón de ayudante de sheriff, con los pantalones bien planchados y la corbata muy prieta; tenía el pelo negro engominado y peinado hacia atrás, recogido detrás de las orejas y rizado por encima del cuello de la camisa, sin un solo mechón fuera de lugar. El más joven, por el contrario, llevaba una camiseta gris empapada en sudor, pantalones cortos y zapatillas de deporte. El pelo castaño oscuro, aunque corto, estaba alborotado, con los mechones húmedos caídos sobre la frente. A pesar de su aspecto desaliñado, era bien parecido y estaba en excelente forma física, con piernas largas y musculosas, cintura esbelta y hombros anchos. Maggie se enojó al instante consigo misma por reparar en aquellos detalles. Los dos hombres dejaron de hablar en cuanto la vieron. Se hizo el silencio mientras miraban alternativamente a las dos mujeres.



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