
– ¿Te arrepientes de tus pecados? -susurró el padre Francis, como si estuviera en el confesionario de Santa Margarita.
Se oían pisadas en el pasillo, cada vez más próximas. Había llegado la hora. Jeffreys permanecía petrificado, escuchando el repiqueteo de los tacones que se acercaban.
– ¿Te arrepientes de tus pecados? -repitió el padre Francis con más insistencia, casi como una orden. Señor, le costaba respirar. Los coros del aparcamiento se filtraban por el ventanuco hermético, cada vez más fragorosos.
Jeffreys se puso en pie. Una vez más, sostuvo la mirada del padre Francis. Los cerrojos cedieron, resonaron en las paredes de cemento. Jeffreys se estremeció al oírlos, se dio cuenta y se irguió. ¿Estaría asustado? El padre Francis buscó la respuesta en sus ojos, pero no veía nada más allá del azul acerado.
– ¿Te arrepientes de tus pecados? -intentó una vez más, ya que no podía darle la absolución sin una respuesta. La puerta se abrió, y unos guardias corpulentos bloquearon el umbral.
– Es la hora -dijo uno de ellos.
– Comienza el espectáculo, padre -Jeffreys hizo una mueca con los dientes apretados; los ojos azules eran penetrantes y claros, pero inexpresivos. Se volvió hacia los ttes hombres uniformados y les ofreció las muñecas.
El padre Francis parpadeó cuando las esposas encajaron con un sonoro clic. Después, se quedó escuchando el repiqueteo de los tacones, acompañado por el patético ruido de cadenas, que se alejaban por el pasillo.
Una brisa de aire viciado se filtró por la puerta abierta, le refrescó la piel húmeda y pegajosa y le produjo un escalofrío. Con pequeños jadeos asmáticos, el padre Francis inspiró con avidez. Por fin, el fragor de su pecho se suavizó, dejando a su paso una fuerte opresión.
– Que Dios ayude a Ronald Jeffreys -susurró, sin dirigirse a nadie en particular.
