– Coge el puñal -dijo mi madre.

– Estoy temblando.

– Coge este puñal que lleva tus iniciales grabadas y mata a esa garduña.

– Tiene los ojos de esmeralda.

– Mátala.

Siendo un cazador nocturno, aquel felino había bajado de la cumbre del monte a plena luz para hacer una solitaria y misteriosa degustación de las vísceras del cabritillo que aún palpitaban. La pantera y yo nos avistamos de lejos y lentamente fuimos a encontrarnos muy cerca del ara. En la puerta de la casamata, Adán y Eva se habían dispuesto a presenciar la primera batalla de su hijo, y la mona trataba de infundirme valor e inició algunos aplausos. La pantera negra dio un salto con magnífica elasticidad y encaramada en el altar me esperó allí mostrando los colmillos. Qué verde fuego ardía en su mirada. Cojeando todavía con una pierna llena de veneno, también yo subí a la piedra de basalto y en medio de los dos estaba el recental del sacrificio. En silencio, ambos nos observamos y aunque en mi mano brillaba el puñal, tenía el corazón acongojado por una duda no exenta de terror. ¿Qué Dios se hallaría habitando el interior de aquella fiera? ¿Qué querría decirme ahora con ese gruñido erizado que tal vez salía de unas entrañas divinas? Yo le miraba fijamente. Vamos, salta. No lo pienses más. La pantera elevó el cuerpo con una sacudida casi eléctrica y vino a balancear sus garras contra mi pecho, pero yo detuve esta embestida con una ciega estocada, que apenas le rozó un costado. Ella se revolvió. Estaba sangrando ya el acero y esto excitó a la alimaña. Sobre nuestras cabezas había un revuelo de grajos chillando. El segundo asalto duró más o tal vez el nudo que formé con el animal fue más intenso. Veía pasar la ráfaga de sus colmillos iluminando mi carne, sentía ya el brazo desgarrado y múltiples heridas habían comenzado a confundir nuestra sangre.



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