
El miedo me impulsaba al ardor. Ambos me tenían sumido en un espacio neumático que unificaba en mi cerebro todos los sonidos: vítores de mis padres, aplausos de la mona, balidos de varias cabras, rugidos del enemigo, chasquidos de alas y gritos de las aves tiñosas que orlaban aquella lucha. Probablemente a la pantera negra de ojos de esmeralda le perdió la propia gloria. Era tal la seguridad que tenía en vencerme que al final sólo reparaba en su fiereza. En la tercera acometida, ella misma se precipitó contra el puñal con el que yo la mantenía a raya. Parecía buscar la muerte para salvarme. De hecho, no hice otra cosa que afirmar el pulso en el aire cuando el felino voló por encima de la ofrenda del altar hacia mí y al percibir que el arma penetraba en su cuerpo suavemente entre dos costillas experimenté una sensación religiosa. El puñal llevaba en la hoja mis iniciales grabadas. Estas letras también quedaron inscritas en las vísceras del animal sagrado. Después del combate, mi madre me ungió con un beso. Durante mucho tiempo lucí la piel de la pantera como una vestidura levítica, me adornaba con ella para ayudar a mi padre en los ritos que le exigía Dios. Ahora estoy tratando de construir aquel tiempo sobre las caderas de mi madre, que eran de arena. Mi infancia también está amasada con la pasta solar del desierto, como un conjunto de lejanas, perdidas siluetas.
En la madrugada del otro día, al terminar el trabajo en el Club de Jazz, entré en una tienda macrobiótica situada en una esquina de Soho a comprar frascos de minerales, manzanas y pan ácimo. Había allí varios coleccionistas nocturnos de vitaminas y zanahorias. Noté que todos me miraban con inquietud y lo mismo hacían la chica de la caja y el guardajurado. Quiero decir que miraban con una mezcla de sorpresa y precaución esta marca roja que adorna mi frente. No sucedía como otras veces. Ahora ellos parecían tener miedo, no sólo curiosidad.