
He jugado con las virtudes del veneno alambiqueando pócimas y he realizado experimentos con el ámbar gris. También he limpiado algunos retretes y no por eso me considero un científico. Creo que soy un artista, ya que finalmente he sacado punta tocando el saxofón. Cada uno de estos trabajos me ha ido alejando de mi lugar de origen hasta dejarme casi sin resuello en esta esquina de Manhattan donde me gano la vida en una orquesta de jazz. No ignoro que mi nombre va unido al caso de sangre más célebre de la Historia. ¿Será necesario insistir? Mi hermano era un idiota, pero tenía un cuerpo bellísimo que yo amaba sobremanera. Jamás me hubiera atrevido a arañar a un ser tan perfecto e infeliz con una quijada de asno, ni tampoco con un alfanje de plata labrada. El día en que mataron a Abel en el pedregal de Judea yo estaba aquí en Nueva York abrazado a un saxo tenor, convertido ya en un buen perro ciudadano. Me enteré de su muerte por la radio del taxi cuando de madrugada volvía al Hotel Chelsea, que desde entonces me sirve de guarida. La radio del taxi decía: se busca a un sujeto de ojos verdes y rasgos árabes, un metro ochenta de altura aproximadamente, perilla de Alí Baba, pelo rizado, lleva como un cero marcado al fuego entre las cejas y atiende por Caín. Ése era yo.
Ahora estoy sentado en un raído sillón de orejas, rodeado de botellas vacías y derrumbadas por toda la habitación, frente a una chimenea de estilo francés esperando que alguien venga a detenerme. Mientras esto sucede me miro en la lámina de alcohol, me rasco las axilas y deploro la inocencia o el rabo que perdí. En este momento, el boletín de noticias aún está repitiendo el mensaje de mi busca y captura y yo vuelvo la vista atrás, cierro los párpados y en el fondo de la existencia sólo veo tierra calcinada, piedras fulminadas. Recuerdo que balaba una cabra y resplandecían las dunas. Así comienza esta historia.