
Había adelfas y algunas chumberas cuajadas de higos en aquel barranco por cuyo cauce yo avanzaba dentro de una bolsa de fibra colgado en la espalda de mi padre y el cerebro todavía se me pierde en aquella extensión de arena ondulada y también en los cerros, quebradas, valles y desfiladeros descarnados que crucé a tan tierna edad en compañía de una cabra y una mona. Pero el primer paisaje de mi memoria fue la propia nuca de Adán cuarteada como un barro mal cocido. Yo iba cargado en su espalda y él caminaba encorvado, rezando, y el sol terrible, cuando le daba de lleno, le hacía brotar de la agrietada cerviz un sudor extremadamente salado, que no era sino el sentido de la culpa, y éste formaba sobre la piel de la nuca un espejo oscuro donde se reflejaba mi rostro. Aquel día, la mona abría la marcha, la cabra balaba de sed detrás de la comitiva y el fulgor de las dunas borraba todos los perfiles. No sabría decir cuántas jornadas de camino habían pasado puesto que yo venía de la nada. Sé vagamente que Adán me llevaba a cuestas e imploraba el favor de Jehová murmurando esta especie de salmo: pequeño y despreciable soy y no olvido tus preceptos/tu justicia es eterna/la angustia ha hecho presa de mí / pero tus mandamientos son mis delicias.
De pronto aparecieron unas hierbas pardas y luego unos arbustos raquíticos en medio de aquella soledad, y en el horizonte también se veían manchas negras que sin duda eran vegetales. La tribu hizo una parada a la sombra de un talud. Mi madre bajó por la vertiente del barranco y se puso a examinar huellas enigmáticas en el envés de algunas hojas, partió el tallo de unas plantas, observó la forma de las piedras, comprobó la dirección que marcaban ciertas ramas y todo eso le obligó a dar un grito que resonó en la torrentera llena de avispas. Con este alarido salvaje anunció que el agua estaba cerca. Pero mis padres tardaron aún muchas horas en llegar al oasis. Era el primer oasis de mi infancia. Allí había varias palmeras, un par de higueras y un granado.