
La caravana estaba acampada, los camellos rumiaban el último sol de la tarde, los perfumes del oasis formaban una densa capa en el aire. Los criados encendieron hogueras. Con la zampona que fabriqué con una caña dulce extraje para el príncipe Elfi esa melodía que después he recreado en tantos festines hasta convertirla en el motivo de Prisoner of Love, que anoche sonó de nuevo exquisitamente en el Club de Jazz. La boquilla del saxofón parecía traslúcida y mientras su lengua de fuego culebreaba por todos los vientres yo veía el oasis iluminado por varios fuegos y al príncipe reclinado en el tronco de la palmera principal. Las bailarinas del séquito, cuyos ojos eran verdes y su carne de ébano, en la orilla del estanque iniciaron una danza y mi melodía iba conduciendo sus caderas en el aire. Abel comenzó a bailar en esa ocasión. Lo recuerdo muy bien. Arrodillada a sus pies, mi madre servía nuevos cuencos de mosto al príncipe.
– ¿Hacia dónde vais, señor?
– Vamos siguiendo el camino del sol.
– Llevaos con vos a mi hijo. Siempre ha soñado con las ciudades que crecen allá.
– Así es. En el arco de la Media Luna Fértil se levantan ciudades poderosas. Veo que lo sabes. ¿Puedes decirme tu nombre?
– Eva.
– ¿Eva? Todo el mundo habla de una mujer que se llamó Eva. En cierta ocasión jugó con una serpiente y luego se perdió en el desierto. Sucedió en otro tiempo.
– Llevaos con vos a mi hijo.
– Vamos hacia Biblos. Luego llegaremos a Jaffa. ¿Habéis soñado alguna vez con esas regiones donde imperan dioses de arcilla de inflamados sexos?
– He soñado con la libertad, señor.
– Me llevaré a Caín. Y también quiero a ese pequeño bailarín. ¿Se llama Abel? Lo llevaré igualmente conmigo hasta dejar a ambos junto al mar -dijo el príncipe Elfi.
Mi primer oficio en la expedición consistió sólo en tocar la flauta y un dragomán pronto me enseñó a interpretar las estrellas.
