
– ¿Cómo te llamas?
– Caín.
– ¿Qué sabrías hacer para complacerme?
– Es un héroe con el puñal alteza -exclamó mi madre.
– Dejad que hable él -dijo el príncipe.
– Soy experto en semillas y venenos de áspid. También sé tallar máscaras, señor. Y en cualquier desafío con tigres o panteras siempre he salido indemne. Amo la belleza.
– ¿A qué clase de dios adoras?
– Al dios inmediato.
– ¿Quién es?
– El propio terror o arrojo que uno lleva dentro. Dios es nuestra ignorancia.
– Sabes mucho y aún eres adolescente. ¿Quién te ha enseñado esas cosas?
– El desierto. La soledad tal vez.
– Quédate a mi lado ahora.
Mi madre le estaba ofreciendo al príncipe negro una torta de dátiles, queso de cabra y mosto de granada. Él se veía complacido y me acariciaba la frente con las yemas de los dedos, que parecían pétalos de rosa.
– ¿Qué significa esa señal que llevas entre las cejas?
– Lo ignoro, señor.
– ¿No lo sabe tu madre?
– No, alteza -exclamó Eva-. Sin duda es la marca sagrada que traen los predestinados. No lo sé.
– El cero es un signo que todos entienden. Pero tú, muchacho, ¿en qué lengua te expresas?
– Me expreso con la música.
– Quisiera comprobarlo.
– Complace al príncipe como mejor sepas -dijo mi madre-. Lleva doce camellos cargados de presentes. Anda, Caín, toca algo en su honor.
