Se llamaba Elfi. Su rostro era distinguido y su porte expandía una aura de majestad aunque llevaba el turbante y la capa cubierta de polvo, el cual no lograba ocultar el color escarlata de sus vestiduras. A su servicio iban camelleros, porteadores, dragomanes, expertos en tratos y algunas mujeres de extraña belleza. Entre todos hacían el número de ciento diez. Mi madre pidió al príncipe negro que me tomara consigo después de haber comprobado mis gracias.

– ¿Cómo te llamas?

– Caín.

– ¿Qué sabrías hacer para complacerme?

– Es un héroe con el puñal alteza -exclamó mi madre.

– Dejad que hable él -dijo el príncipe.

– Soy experto en semillas y venenos de áspid. También sé tallar máscaras, señor. Y en cualquier desafío con tigres o panteras siempre he salido indemne. Amo la belleza.

– ¿A qué clase de dios adoras?

– Al dios inmediato.

– ¿Quién es?

– El propio terror o arrojo que uno lleva dentro. Dios es nuestra ignorancia.

– Sabes mucho y aún eres adolescente. ¿Quién te ha enseñado esas cosas?

– El desierto. La soledad tal vez.

– Quédate a mi lado ahora.

Mi madre le estaba ofreciendo al príncipe negro una torta de dátiles, queso de cabra y mosto de granada. Él se veía complacido y me acariciaba la frente con las yemas de los dedos, que parecían pétalos de rosa.

– ¿Qué significa esa señal que llevas entre las cejas?

– Lo ignoro, señor.

– ¿No lo sabe tu madre?

– No, alteza -exclamó Eva-. Sin duda es la marca sagrada que traen los predestinados. No lo sé.

– El cero es un signo que todos entienden. Pero tú, muchacho, ¿en qué lengua te expresas?

– Me expreso con la música.

– Quisiera comprobarlo.

– Complace al príncipe como mejor sepas -dijo mi madre-. Lleva doce camellos cargados de presentes. Anda, Caín, toca algo en su honor.



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