Comencé a retorcerme en el polvo gritando y a través de las lágrimas vislumbré la turbia figura de Adán desnudo que salía de la casamata para auxiliarme seguido de la mona. Conservo muy nítidos algunos fragmentos de aquella escena. Después de olfatear el rastro, la mona se puso a gruñir encima de una pequeña losa de rodeno. Adán la levantó y allí en la madriguera estaba el alacrán temblando de odio. Mi padre lo engarzó en la punta de una vara y lo arrastró así hasta mi presencia para que me consolara viéndolo morir. En silencio, Adán ejecutó la sentencia de la siguiente forma. Bajo el sonido de las chicharras rodeó al alacrán con un cerco de hierba seca y prendió fuego. El animal dio varias vueltas al redondel en llamas y se puso muy tenso al comprobar que no tenía salida. Realizó una sacudida de orgullo y no lo dudó nada. Irguió la cola y torciéndola hacia atrás se incrustó la uña venenosa en la espalda hasta inundar el propio cuerpo de un licor morado. Rodó fulminado ante mis ojos atónitos.

Una vez vengado, entré cojeando en la casamata donde Eva estaba dando de mamar a Abel, recién nacido, echada en un montón de paja mientras mascaba una raíz con la boca llena de jugo. La pierna se me iba poniendo oscura y crecía sin parar hasta tal punto que dudé si no acabaría por llenar todo el recinto de aquella fortificación sumergida. Dado que yo lloraba mucho, Adán ordenó a la mona que alegrara la situación, y con la mejor voluntad la mona comenzó a bailar alrededor de mi extremidad dolorida y durante la danza mi padre entonó un salmo y al final prometió a Dios sacrificarle un cabritillo si me sanaba. Un alacrán acababa de picarme en un pie, que para cualquier fugitivo constituye un instrumento de trabajo, y a pesar de eso aún había que aplacar la ira de Dios echándole de comer.



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