De este sueño desperté muy tarde. Había cumplido ya siete años y al abrir los ojos me encontré con un puñal en la mano. Eran otros montes y otro valle, todo bajo la misma luz de cal viva. A esa edad yo sabía que tenía los ojos verdes y la cabra familiar misteriosamente se había multiplicado. Con el ceño abatido por una indecible tristeza, ahora mi padre guardaba un pequeño rebaño en una ladera donde había levantado el altar del sacrificio, junto a otra de aquellas casamatas que siempre aparecían en nuestra ruta y que nos servían de refugio. Para celebrar mi llegada al libre albedrío Adán me había regalado un puñal dorado con mis iniciales grabadas en la hoja, pero entonces yo aún estaba muy diluido con la naturaleza y me sentía feliz. La mona babuina era como una hermana y Eva acababa de inventar la primera tarta de dátiles. A los siete años yo poseía ciertas facultades para la imaginación. Uno de mis juegos preferidos consistía en tumbarme boca arriba y crear nuevas formas de animales con la silueta de las nubes: bichos todavía sin nombre, lentas e inmensas fieras de rabo articulado, serpientes aladas, mamíferos de varias cabezas. Cuando una nube pasaba por aquel firmamento de la niñez, al instante mi fantasía entraba en acción. Su perfil se fundía con las imágenes de mi cerebro y éstas no eran sino derivaciones del deseo que adquirían diseños distintos según la disposición de mi ánimo o el ardor de la sequía. Me divertía promoviendo en el cielo grandes bailes o batallas con las nubes, montando verdaderas carnicerías entre ellas. También me gustaba dormir al sol como un fardacho con la tripa palpitante y experimentar en el interior del cuerpo los latidos que daba la tierra. Pero a ras del suelo la lucha era real. Yo me inicié en el individualismo aquel día en que un alacrán me picó en la planta del pie. Disuelto todavía en la luz del desierto estaba jugando con el puñal que mi padre me había regalado para celebrar la entrada en el uso de razón, cuando sentí que había pisado una brasa viva y de repente vi correr con la cola levantada a una asquerosa criatura de color miel que buscaba amparo debajo de una piedra.



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