Jack sonrió, agitando la cabeza.

– Aquel tipo era una especie de ladrón profesional de primera, llevaba traje y corbata… Era como encontrarte con una estrella de cine y descubrir que habla y obra como cualquier persona.

– Así que te quedaste con la llave del tipo -dijo Mario- y lo dejaste marchar.

Jack alzó la mano.

– Le dije: «Primero, devuélvelo todo.» Y él insistió: «Tú podrías quedarte el dinero y yo unas cuantas piezas.» Yo dije: «Y luego aparecería mi nombre en la denuncia de un robo, ¿eh? Registrado en un archivo de la policía al cual se podría recurrir algún día en el futuro. No, que va.» Y Buddy dijo: «Podría irte bien, porque no eres tonto. Pero ¿tienes huevos para entrar en una habitación en la que sabes que hay gente durmiendo?»

Mario negó con la cabeza:

– Yo no, tío.

– Ya, pero tenía gracia, el tío hablando de huevos cuando yo le tenía el derecho en mi bolsillo. De todas formas, no le amenacé con un «Dame las llaves o te denuncio». No, ni una palabra de eso. Más adelante, la siguiente vez que lo vi, me dijo que le había impresionado que yo no intentase hacerme el duro. Tenía clase.

– ¡Jesús!

– Y ahora está muerto.

– ¿Te lo vuelvo a llenar?

– No, voy a cambiar.


Jack se encontraba junto a una mesa, cansado de estar de pie. Alzó la vista, vio que venía Leo desde la barra y se dio cuenta de que habían encendido las luces. Estaba lloviendo y la luz griseaba en la calle del Canal. Leo se detuvo y tomó un trago del martini, cuidando de que no le cayera nada. Tenía su fino cabello pegado a la cabeza, llevaba el impermeable empapado y, según observó Jack, estaba muy serio, aparentemente preocupado.



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