
– ¿Estás bien?
Jack estuvo a punto de decir «¿Comparado con qué?». Pero simplificó y dijo, insinuando una inocente sorpresa:
– Bien…
Sintió que se ponía en guardia, que su cuerpo flotaba cómodamente mientras su mente zumbaba, llena de palabras e imágenes, totalmente alerta. Preguntó:
– ¿Qué tal Buddy?
– Ya he acabado con él -dijo Leo-. Está listo para recibir visitas. -Observó el vaso de Jack-. ¿Qué bebes?
– Un Sazerac.
– ¿Desde cuándo tomas Sazerac?
– Creo que desde hace una hora. No sé… ¿qué hora es? Está oscureciendo.
– Las cinco y media -dijo Leo. Dejó su martini sobre la mesa, cogió una silla y se sentó-. Me voy, le he dicho a Raejeanne que iría a cenar. -Mantenía su expresión seria-. ¿Seguro que estás bien?
– Aquí me siento seguro -contestó Jack-. Si salgo podría atropellarme un coche.
– Mañana has de ir a Carville. No te olvidarás, ¿verdad?
– Lo estoy deseando.
– Volveré hacia las siete. Se rezará un rosario por tu amigo Buddy. Un cura de Kenner, Nuestra Señora del Perpetuo Socorro.
– Es lo que él siempre había deseado. Un rosario.
– Ah, hace un rato ha llamado la hermana Teresa Victor, de Carville. Alguien quiere ir contigo a recoger el cadáver. No te importa, ¿verdad? Te hará compañía.
– Oh, mierda, Leo -dijo Jack-. No soporto hablar con los parientes, se ponen de una manera… Me estás pidiendo que recorra doscientos cincuenta kilómetros, entre la ida y la vuelta, con la cabeza hirviéndome para encontrar palabras de consuelo. Jesús, nada de sonreír. Cuando vas al cementerio es distinto, porque no tienes que decir nada. A veces, hasta parecen alegres. Mierda, Leo.
Leo bebió un trago de su martini.
– ¿Has acabado? -dijo, y volvió a beber-. La persona que va a ir contigo no es pariente, es una hermana, una monja que conoció a la muerta cuando estuvo en Nicaragua y que creo que la trajo aquí para que la tratasen. Todavía estaba arreglando a tu amigo cuando la hermana Teresa Victor me ha explicado eso. Luego debe de haber pasado algo, porque de repente ha tenido que colgar.
