Aquél no parecía de ésos. Jack miró. «Oh, mierda.» Apartó la mirada. Aquel tipo debía de haber muerto en un accidente de coche. No era calvo, sino que había perdido todo el pelo de la frente, se le habían formado entradas de repente, por culpa del parabrisas de un coche. Jack se pasó una mano por su propia cabellera. La apartó antes de que Leo se diera cuenta y le dijese que tenía que cortarse el pelo. Se quedó mirando a Leo, que estaba insuflando Dis-Spray, un desinfectante, por todos los agujeros del fulano, la nariz, la boca, las orejas, todos sus negros agujeros.

– Creo recordar -dijo Leo- que las tres veces que han llamado, hasta hoy, te ha atacado algún tipo de bacilo durante veinticuatro horas. Eso es todo lo que digo. ¿Tengo razón o no?

– Ya he estado en Carville. Cuando trabajaba para Rivés, subíamos allí una o dos veces al año para afinar el órgano. Uno de ellos, generalmente Uncle Brother, se ponía al teclado a tocar unas notas. Y me subía a la plataforma de los tubos, por aquella escalera que se tambaleaba, y hacía los ajustes en las mangas. Era yo quien tenía oído.

Parecía como si Leo estuviese afinando el órgano del tipo de la mesa de preparación, levantando sus partes íntimas para poder desinfectarlo a fondo, mientras Jack miraba y pensaba que seguramente algún día aquel hombre estuvo orgulloso de su paquete. Un fulano pequeño, pero potente.

– ¿Acaso he dicho que estuviera enfermo, o que no me encontrase demasiado bien? -preguntó Jack.

– No. Todavía no. Acaban de llamar. -Cogió una manguera que estaba conectada al fregadero y abrió el grifo-. Aguántame esto, ¿quieres?

– No puedo -le contestó Jack-. No tengo licencia.

– No te denunciaré. Venga, sólo tienes que enjuagar la mesa. Pásale la manguera desde la incisión.

Jack se inclinó para coger la manguera sin mirar el cadáver.

– Hay otras muchas cosas que preferiría hacer antes que manosear el cadáver de un muerto de lepra.



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