
– Enfermedad de Hansen -puntualizó Leo-. De eso no se muere, mueren por otras cosas.
– Si no recuerdo mal, la última vez que nos llamaron de Carville hiciste que recogiera el cadáver una compañía de transportes.
– Porque tenía ya tres cuerpos aquí, dos de ellos en esta misma habitación, y tú quejándote de lo chungo que te encontrabas.
– ¡Y una mierda! Tienes tan pocas ganas como yo de tocar a un leproso muerto.
Jack Delaney podía hablar así a su jefe porque eran bastante amigos, porque era su cuñado -estaba casado con su hermana Raejeanne- y porque la madre de Jack vivía con ellos parte del año, los cuatro o cinco meses que pasaban al otro lado del lago, en Bay St. Louis, en Misisipí.
Leo era el último representante de Mullen e Hijos, Funeraria. Era el nieto cincuentón del fundador, había trabajado para su padre y para un tío, y ahora era el dueño, el final de la rama familiar. Dentro de diez años vendería el negocio y se retiraría a la bahía, a tender redes para capturar cangrejos y leer novelas históricas. Hasta entonces parecería triste, ofrecería palabras de consuelo, dirigiría rosarios si hiciera falta y nunca se escaparía a tomarse una copa en el piso de arriba mientras no se hubiesen retirado los familiares. Hubo clientes que creyeron que era el tío de Jack. En una ocasión, en el Mandina, Jack le había dicho a Leo:
– Nunca tendrías que haberte dedicado al negocio de las pompas fúnebres.
– Y tú que lo digas -había contestado Leo.
Jack Delaney tenía ya cuarenta años, pero parecía más joven. Su madre decía siempre que era su chico bueno, o su niño guapo. Nunca mencionaba Angola, la penitenciaría del estado de Louisiana donde su niño había cumplido treinta y cinco meses de condena, trabajando en los campos de algodón y soja y rastrillando la maleza. Jack le había dicho a su mami que había traído con él lodo del Misisipí al salir.
