
– Eh, señor, déme un dólar. Vigilaré que nadie se mee en su coche de muertos.
Cuando entró en el edificio de la misión, sólo un par de ellos seguían pegados a él.
Había otros vagabundos inclinados, hombro con hombro, sobre dos filas de mesas que daban a un mostrador, donde dos señoras rollizas, de pelo cano, que llevaban gafas y delantales blancos, iban sirviendo las comidas. Jack se dirigió a un negro pequeño que llevaba un babero y un abrigo intemporal, demasiado grande para él:
– ¿Quién es la hermana Lucy?
El hombre salía de la fila. Miró hacia atrás por encima del hombro y luego se dio la vuelta y señaló a la fila que se acercaba al mostrador.
– Está ahí mismo. ¿La ve?
– ¿Seguro?
El hombre mostró una sonrisa casi desdentada al ver cómo la miraba Jack.
– Es como para creer en Jesús, ¿eh? Y además cocina bien. Venga un domingo a probar las judías y el arroz.
Jack vio el perfil de una mujer que llevaba el pelo oscuro recogido por detrás de las orejas. Se quitó las gafas de sol. Vio que llevaba una chaqueta beige de doble cuerpo, muy elegante, de lino o de algodón fino, y que se movía entre aquella fila de desgraciados, que incluso los tocaba. Él había posado con chicas en tejanos, pero en este caso se trataba de una monja que llevaba unos ceñidos pantalones Calvin y un bolso colgado del hombro que tenía unas piernas largas y esbeltas que parecían aún más largas a causa del calzado plano. En medio de aquella habitación, en un centro donde se repartía sopa para los pobres… ¡fíjate! Tocándolos, tocando sus brazos cubiertos de harapos, tomando sus manos, hablando con ellos…
