
– Me muero de ganas de saberlo.
– Su nariz.
Leo le miró.
– Aquella nariz clásica, que podrías calificar de aristocrática. La nariz más perfecta que he visto en mi vida, Leo.
– ¿Te oyes a ti mismo? -preguntó Leo. Y luego siguió, en un tono de voz lo suficientemente alto como para que lo oyesen Henry y Mario, que miraban desde la barra-: ¿Te vas a quedar ahí sentado diciéndome que fuiste a la cárcel por la nariz de esa tía?
– No sabes de qué estoy hablando, ¿verdad?
Aun estando medio borracho, hablando demasiado, no le importaba mencionar aquella fina línea de pecas, o tratar de describir aquel contoneo impertinente, aquella belleza frágil, sus ojos castaños…
O las desnudas piernas falda arriba. Piernas largas y esbeltas, con un empeine cuya delicada línea realzaba cuando dejaba que el zapato le colgase de un dedo, cruzadas las piernas de la joven dama sentada sobre el taburete de la barra del salón Sazerac, en el hotel Roosevelt. O en el Monteleone, el Pontchartrain, el Peabody de Memphis o el Baltimore de Atlanta. No era sólo la nariz. Pero ¿para qué intentar explicarle todo aquello a un hombre que arreglaba cadáveres, leía novelas que ocurrían en tiempos pasados y no le entristecía abandonar a alguna chica en el bar de un hotel?
Leo habría dicho lo que igualmente dijo:
– Nunca te harás mayor, ¿verdad?
3
Los vagabundos que estaban delante de la Sagrada Familia, parpadeando bajo la luz del sol y tapándose los ojos, decían:
– Eh, si es el de la funeraria. ¿Quién ha muerto? No será por mí, ¿no? Yo todavía no me he muerto. Lárgate con esa cosa, joder. Ven dentro de un tiempo. Eh, colega, vuelve cuando la hayamos palmado. Éste está casi muerto. Toma, llévatelo.
Jack les dijo que no tocaran el coche. «Apartaos, ¿vale?» Caminó entre ellos con su traje azul marino, su camisa blanca, su corbata a rayas y sus gafas de sol, moviendo la cabeza, con una pequeña sonrisa, teniendo cuidado de respirar por la boca. Uno de los vagabundos dijo que la sopa iba a ser buena. La mayoría parecían alcohólicos sin remedio. Estaban en lo más profundo de ninguna parte, un día de primavera, abatidos, pero podían hacer comentarios, e incluso intentaban agarrarlo.
