– ¡Oh! -dijo Jack.

La que iban a recoger. Una forma poco delicada de referirse a la muerta. Pero ése era el nombre que Leo había apuntado. Amelita Sosa. Se preguntó si la hermana Lucy creía que sabía más sobre ella de lo que en realidad sabía. ¿Qué debía de hacer por aquellos pagos? Se preguntó qué había hecho con el Volkswagen, si quizá lo había vendido. Era como irrumpir en una conversación mediada. No quería parecer idiota. Dijo:

– Dé la vuelta a Lee Circle para entrar en la interestatal. Cójala hasta la salida de Saint Gabriel. Si se cansa, avíseme.

– No sabe cuánto aprecio lo que está haciendo -dijo ella.

Se quedó callado. ¿Qué estaba haciendo? Su trabajo. Luego pensó que tal vez Leo les hubiera dicho que no les cobraría. Le costaba imaginarlo. Luego se puso a mirar por la ventanilla, intentando encontrar temas que tuvieran algo que ver con las monjas.

– Durante toda la escuela primaria, tuve monjas.

– ¿Ah, sí?

– En Incarnate Word. Luego fui a los jesuitas. -Oyéndose a sí mismo, le sonaba como si todavía estuviera allí-. Estuve en Tulane un año, pero no sabía qué escoger, quiero decir, qué me convenía más. Así que lo dejé.

– Yo también. Estuve un año en Newcomb.

– ¿De veras?

Jack se sintió un poco mejor.

– Antes de eso estuve un año en un convento, el del Sagrado Corazón.

– Ah, yo conocía algunas chicas que también estuvieron allí, pero debió de ser antes que usted. Bueno, había una… ¿no conocerá, por casualidad, a Maureen Mullen?

– Creo que no.

– Salió en, veamos… en el setenta.

La hermana Lucy no dijo en qué año había salido ella.

Calculó que debía de tener algo menos de treinta años. Era más joven que Maureen.



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