Ella mantuvo la mirada puesta en la carretera.

– ¿Qué era?

– Ladrón de joyas.

Entonces sí que le miró. Jack estaba preparado, con su expresión resignada, de debilidad, con una sonrisa bonita.

– ¿Forzaba las puertas de las casas?

– Habitaciones de hotel. Pero nunca forcé ninguna. Usaba una llave.

Hubo un momento de silencio en el coche fúnebre mientras ella pasaba a un camión a ciento diez kilómetros por hora.

– Ladrón de joyas… ¿Quiere decir que sólo robaba joyas?

Otras chicas, con los ojos en blanco, no habían preguntado eso. Se estremecían y le preguntaban si tenía miedo y si alguna vez alguien se había despertado y le había pescado. Contestó:

– Cogía dinero si me tentaba, si estaba allí esperándome.

Y siempre lo estaba.

– ¿Sólo robaba a los ricos?

– No se obtiene ningún beneficio de robar a los pobres. ¿Qué me iba a llevar, sus cartillas de racionamiento?

Ella dijo, sin mirarle:

– Usted nunca ha estado en Centroamérica. Allí sólo se roba a los pobres. Y se les asesina.

Eso le detuvo, hasta que pensó en decir:

– ¿Cuánto tiempo ha estado allí?

– Casi nueve años, sin contar un par de viajes que hice a Estados Unidos, a Carville, para preparar seminarios. No hay otro lugar como ése. Si su propósito en la vida es cuidar leprosos, y eso es lo que hacen las Hermanas de San Francisco, entonces uno tiene que ir a Carville cada varios años, para mantenerse enterado de las posibles novedades.

– ¿Las Hermanas de San Francisco?

– Hay un montón de órdenes que se acogen bajo su nombre, por el carisma que tenía ese hombre. Quizás estuviera un poco loco también, pero no importa. Esta orden es la de las Hermanas de San Francisco del Estigma.



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