– Eso se hace y se olvida. -No sabía que san Francisco hubiera estado en la cárcel… pero en aquel momento estaba hablando de sí mismo-. Tengo una actitud muy saludable, con respecto a la culpabilidad. No resulta buena para uno.

Vio que sonreía, no demasiado, pero le devolvió la sonrisa, sintiéndose mejor, pensando que tal vez deberían detenerse a tomar un café. Era agradable, buena conversadora, y él todavía estaba un poco cortado. Pero cuando mencionó el café, la hermana Lucy frunció el ceño, pensativa, y dijo que realmente no tenían tiempo.

– Yo he descubierto que en este negocio hay muy poca prisa -dijo Jack-. Cuando vas a buscar un muerto, y no quisiera parecer irrespetuoso, seguro que te espera.

– Oh -dijo ella, con su tono tranquilo, pausado y con mirada relajada-, nadie se lo ha dicho.

– Ya tenía yo la sensación de que pensaba que yo sabía algo. ¿Qué es eso que nadie me ha dicho?

– Me parece que le va a gustar -dijo ella.

Tuvo que admitir la idea de que estaba jugando con él, cuando vio el brillo que había en sus ojos al volver a mirarle, a punto de hacerle partícipe de un secreto.

– La chica que vamos a recoger…

– Amelita Sosa.

– Sí. No está muerta.


Siete años antes, cuando Amelita tenía quince o dieciséis y vivía en Jinotega con su familia, un coronel de la Guardia Nacional le había llenado la cabeza de pájaros. Aquel individuo, que era amigo íntimo de Somoza, le dijo a Amelita que con la belleza de ella y las influencias de él podría ganar el primer premio del concurso de Miss Nicaragua y luego el de Miss Universo; que aparecería en la televisión de todos los países y que en poco tiempo se convertiría en una famosa estrella de cine.

– Por supuesto, usted sabe lo que tenía en mente -dijo Lucy.

Eso había sido durante la guerra. Antes de que los sandinistas ocuparan el gobierno.



30 из 262