
Jack entendió lo que pretendía el coronel, pero no estaba tan seguro en lo concerniente a la guerra. Sabía que por allí abajo siempre había revoluciones y que había una en marcha en aquella época. Recordaba que, cuando él era pequeño, su padre había vuelto una vez de Honduras diciendo que estaban todos locos, que les ardía la sangre; que cuando no peleaban por una mujer, mordían la mano que les alimentaba. Jack se imaginaba individuos con los ojos inyectados en sangre, armados de machetes, con sombreros de paja y cananas en bandolera, preparando una emboscada a un tren de la United Fruit cargado de plátanos. Pero luego aparecían Marión Brando y un puñado de mexicanos armados y soldados gubernamentales disparando desde el tren. Era difícil precisar la historia y las fronteras. No quería interrumpir la historia de la hermana Lucy formulando preguntas idiotas. Escuchó y archivó los datos esenciales, imaginando algunos caracteres. El coronel, uno de esos jodidos pringosos que llevan una cigarrera de oro para ofrecerle un puro al pobre hijo de puta al que van a fusilar, justo lo que quiere en los últimos momentos de su vida, fumar. A Amelita la veía como una cosa pequeña con ojos de Bambi, y luego tuvo que aumentarle el pecho y ponerla sobre tacones altos, con un bañador que dejase ver las caderas para el concurso de Miss Universo.
Pero una vez se la había llevado a Managua, el coronel ya no volvió a mencionar los concursos de belleza. Lo único que sentía por Amelita era lujuria. Una buena palabra, lujuria. Jack no recordaba si la había utilizado alguna vez, pero no le costó nada imaginarse al coronel, el muy hijo de puta, lujurioso. Le añadió unos veinte kilos para la escena de cama: el coronel quitándose el uniforme lleno de medallas, con el vientre colgando, mirando viciosamente a Amelita, que se cubría en la cama. Jack le vio desgarrar el camisón por delante, liberando sus pechos perfectos…
– ¿Me está escuchando? -dijo la hermana Lucy.
