La añoraba, pero no quería volver; o más bien no podía volver. Me obligué a mí misma a adaptarme, y sometí a la nostalgia demostrando la misma tozudez con la que a los catorce años dejaba en el plato la mitad de la comida, incluso cuando el estómago me dolía de hambre.

Cuando salgo de casa son las siete de la mañana. Cat todavía está dormida. Ayer bebió y lloró mucho. Me he levantado sin hacer ruido para no despertarla. Avanzo de puntillas. El rumor de mis movimientos penetra en la inmovilidad del cuerpo dormido que se estremece, pero no se despierta. Echo una última mirada a su naricita gatuna apoyada sobre la almohada. Sé que se enfadará cuando descubra esta última traición: que me he ido sin despertarla. Pero yo no quiero prolongar la despedida, como quien prolonga con máquinas la agonía de un moribundo en el hospital. A un lado de la cama reposa, apoyado sobre su vientre verdoso, el cadáver de la botella que Cat vació entre súplicas y reproches, y su cuello me apunta acusador como en el juego de la verdad al que mis primas y yo solíamos jugar de pequeñas. Se ha quedado señalando la eterna pregunta de Cat, que formuló mil veces en distintas variaciones: Dime la verdad… ¿tú me quieres? Sólo la verdad. Pero la verdad no es un estado definible e inmutable. La verdad está en la cabeza de cada uno. No depende de datos ni de cifras ni de fechas. Apuro el pasillo a pasos cortos y callados y cierro con cuidado la puerta tras de mí. La estación está cerca, sólo tengo que cruzar Lothian Road.

Todas las tiendas están cerradas a esta hora de la mañana. El cielo cubierto diluye en humedad los oscuros perfiles de las casas. Desde las ventanas de los escaparates todavía dormidos -Boots, C amp;A, Marks and Spencer, Dolcis, The Body Shop- los cristales me devuelven la imagen de una chica alta y delgada que podría gustarme si no supiera que se trata de mí, y no puedo evitar recordar que, cuando Cat y yo nos conocimos, una de nuestras distracciones preferidas consistía en pasear por esta misma calle, detenernos de vez en cuando en alguna de estas tiendas y comprarnos chucherías la una a la otra.



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