Paseábamos cogidas de la mano y todos los peatones nos dirigían miradas de soslayo. En parte, porque les resultaba chocante la imagen de dos chicas paseando enlazadas. En parte, porque las dos éramos jóvenes y guapas y daba gusto mirarnos. Yo lo sabía y me sentía orgullosa, feliz como una niña que pasea por primera vez al cachorro de aguas que ha sido su regalo de cumpleaños. Atravieso Lothian Road, dejando atrás las casas viejas de ladrillo rojo ennegrecido por el humo y los tejados de pizarra gris. La calle parece alargarse con la niebla y los ojos buscan un horizonte que se ha desvanecido. Arrastrando mi maleta con ruedas, zaguera de mis pies como un perrito fiel, un millón de gotas diminutas me empapan la nariz y los cabellos y no consigo borrar de mi cabeza la imagen de Cat dormida. Pero mi maleta pesa más que el arrepentimiento.

No hay nadie en la estación. Nadie coge hoy el primer tren para Londres. Ni el quiosco de prensa ni la tienda de baguettes han abierto todavía. En el andén recién despertado otras tres sombras esperan a mi tren, difuminadas por el vaho que desprende mi respiración entrecortada. Pasan unos minutos que se me hacen eternos. Un desconocido enciende un cigarro y su mechero provoca un resplandor repentino que ilumina un segundo la perspectiva del andén; otro se sube el cuello de la chaqueta intentando combatir el frío de la mañana; una chica recorre la plataforma con pasitos de impaciencia contenida, cinco hacia delante, cinco atrás, una danza inútil que no la lleva a ninguna parte. Aunque compartimos una tensión común a la espera de un mismo tren que no llega, no intercambiamos ninguna mirada, ningún gesto de solidaridad o simpatía. Llega por fin el tren, justo cuando pensaba que mis manos iban a congelarse. Coloco la maleta en el compartimiento destinado a los equipajes y me arrellano en el asiento. Tensa e incómoda, preparo el cuerpo y la cabeza para las horas de trayecto que me esperan.



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