
Y así, desde que tuvo uso de razón y memoria para recordar las sobremesas en que su padre hacía cabalas sobre negocios insensatos y largas operaciones aritméticas en los márgenes del periódico, renegando de la ingratitud de la fortuna y de la insultante desidia y prosperidad de su primo, Minaya concibió una imagen muy desdibujada y a la vez muy precisa de Manuel que siempre fue inseparable de aquella tarde única de su infancia y de una cierta idea de heroicidad antigua y sosegado retiro. Ahora, cuando Manuel está muerto y su verdadera historia ha suplantado en la imaginación de Minaya el misterio del hombre de pelo gris que perduró en ella durante veinte años, yo quiero invocar no su huida de esta noche, sino el regreso, el instante en que guarda la carta que recibió en Madrid y se dispone a llamar y teme que le abran, pero no sabe que es lo mismo regresar y huir, porque también esta noche, cuando ya se marchaba, ha mirado la fachada blanca y las ventanas circulares del último piso donde hay encendida una luz que no alumbra a nadie, como si el buque submarino que quiso habitar en su infancia hubiera sido abandonado y navegara sin gobierno por un océano de oscuridad. No volveré nunca, piensa, ensañado en su dolor, en la huida, en el recuerdo de Inés, porque ama la literatura y las despedidas para siempre que sólo ocurren en ella, y sube por los callejones con la cabeza baja, como agrediendo el aire, y sale a la plaza del general Orduña donde hay un taxi que lo llevará a la estación, tal vez el mismo al que subió hace tres meses, cuando vino a Mágina para buscar en casa de Manuel un refugio contra el miedo.
Con mucho gusto te ayudaré si me es posible en tus investigaciones sobre Jacinto Solana, que, como ya sabrás, vivió algún tiempo en esta casa, en 1947, cuando salió de la cárcel, le había escrito,
pero temo que no hallarás aquí ni un solo rastro de su obra, porque todo lo que escribió antes de morir fue destruido en circunstancias que sin duda tú sabrás imaginar.