
En ese espejo donde Inés ya no volverá a mirarse Minaya sabe que buscará el rastro imposible de un niño vestido de marinero que se detuvo ante él hace veinte años cuando una voz, la de su padre, le ordenó que bajara. Era, en el patio, más alto que su primo, y al ver su chaqueta impecable y sus botas tan limpias y el opulento ademán con que consultó el reloj cuya cadena dorada le cruzaba el chaleco se hubiera dicho que él era el dueño de aquella casa. «Si yo hubiera tenido tan sólo la mitad de oportunidades que ha tenido mi primo desde que nació», decía, atrapado entre el rencor y la envidia y un inconfesado orgullo de familia, porque al fin y al cabo también él era nieto del hombre que levantó la casa. Hablaba del extravío de Manuel y del letargo en que pareció detenerse su vida desde el día en que una bala perdida mató a la mujer con la que acababa de casarse, pero nunca era más envenenada su ironía que cuando recordaba las ideas políticas de su primo y el influjo que había ejercido sobre ellas aquel Jacinto Solana que se ganaba la vida en los periódicos izquierdistas de Madrid y que una vez habló en un mitin del Frente Popular en la plaza de toros de Mágina, que fue condenado a muerte después de la guerra y luego indultado y salió de la cárcel para morir del modo que merecía en un tiroteo con la Guardia Civil.
