guardián o enemigo simétrico que le prohibiera seguir avanzando hacia las habitaciones más altas o adentrarse en el corredor imaginario que se prolongaba al otro lado del cristal y donde tal vez guarde el olvido varios rostros no exactamente iguales de Mariana, la estampa de Manuel cuando subió tras ella con su uniforme de teniente, la expresión que tuvieron por única vez los ojos de Jacinto Solana en la madrugada del 21 de mayo de 1937, víspera ignorada del crimen, después de ser arrebatado por las caricias y el llanto sobre la hierba del jardín y de decirse que no importaban la culpabilidad ni la guerra en aquella noche en que acceder al sueño hubiera sido una traición a la felicidad.

En ese espejo donde Inés ya no volverá a mirarse Minaya sabe que buscará el rastro imposible de un niño vestido de marinero que se detuvo ante él hace veinte años cuando una voz, la de su padre, le ordenó que bajara. Era, en el patio, más alto que su primo, y al ver su chaqueta impecable y sus botas tan limpias y el opulento ademán con que consultó el reloj cuya cadena dorada le cruzaba el chaleco se hubiera dicho que él era el dueño de aquella casa. «Si yo hubiera tenido tan sólo la mitad de oportunidades que ha tenido mi primo desde que nació», decía, atrapado entre el rencor y la envidia y un inconfesado orgullo de familia, porque al fin y al cabo también él era nieto del hombre que levantó la casa. Hablaba del extravío de Manuel y del letargo en que pareció detenerse su vida desde el día en que una bala perdida mató a la mujer con la que acababa de casarse, pero nunca era más envenenada su ironía que cuando recordaba las ideas políticas de su primo y el influjo que había ejercido sobre ellas aquel Jacinto Solana que se ganaba la vida en los periódicos izquierdistas de Madrid y que una vez habló en un mitin del Frente Popular en la plaza de toros de Mágina, que fue condenado a muerte después de la guerra y luego indultado y salió de la cárcel para morir del modo que merecía en un tiroteo con la Guardia Civil.



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