
Antes de aquella tarde, cuando pasaban por la plaza camino de la iglesia de Santa María su madre le apretaba la mano y andaba más de prisa para impedir que se quedara quieto en la acera, atrapado por el deseo de permanecer siempre mirando la casa, imaginando lo que habría detrás de la puerta tan alta y de los balcones y las ventanas redondas del último piso que se encendían de noche como las claraboyas de un submarino. En aquel tiempo Minaya percibía las cosas con una claridad muy parecida al asombro, y andaba siempre inventando entre ellas vínculos de misterio que sin explicarle el mundo se lo habitaban de fábulas o amenazas. Porque advertía la hostilidad de su madre hacia aquella casa nunca le preguntó quién vivía en ella, pero una vez, cuando acompañaba a su padre a una visita, él se detuvo junto a la fuente y con esa ironía triste que era, según supo Minaya muchos años después, su única arma contra la tenacidad del fracaso, le dijo: -¿Ves esa casa tan grande? Pues ahí vive mi primo Manuel, tu tío.
Desde entonces, la casa y su mitológico habitante cobraron para él el tamaño heroico de las aventuras del cine. Saber que en ella vivía un hombre inaccesible que era, sin embargo, su tío, procuraba a Minaya un orgullo semejante al que obtenía a veces imaginando que su verdadero padre no era el hombre triste que se dormía cada noche en la mesa después de hacer cuentas interminables en los márgenes del periódico, sino el Coyote o el Capitán Trueno o el Guerrero del Antifaz, alguien vestido de oscuro y casi siempre enmascarado que alguna vez, muy pronto, deseaba Minaya, vendría para recogerlo después de un viaje muy largo y lo devolvería a su verdadera vida y a la dignidad de su nombre. Su padre, el otro, que casi siempre era una sombra o un melancólico impostor, estaba sentado en uno de los sillones rojos de su dormitorio.