La luz tenía tonalidades rojas cuando atravesaba las cortinas, y sobre un fondo rosado, en el techo, en la penumbra cálida, se perfilaban como en la cámara oscura pequeñas siluetas invertidas, un niño con un mandil azul, un hombre a caballo, un lento ciclista, minucioso como el dibujo de un libro, que se deslizaba cabeza abajo hacia un ángulo de la pared esfumándose en ella tras el niño de azul y el tenue jinete que lo precedían.

Minaya sabía que algo iba a suceder esa misma tarde. Un camión se había parado en la puerta, y una cuadrilla de hombres desconocidos y temibles que olían a sudor andaban sin apuro por las habitaciones, levantando los muebles entre sus brazos desnudos, arrastrando hacia la calle el baúl que contenía los vestidos de su madre, desordenándolo todo, gritándose palabras que él no conocía y que le daban miedo. Colgaron en el alero un garfio y una polea y pasaron por ella una soga a la que iban atando desde el balcón los muebles más queridos, y Minaya, oculto tras una cortina, miraba cómo un armario que le pareció despedazado por aquellos hombres, una mesa de patas curvas sobre la que siempre hubo un perro de escayola, una cama desarmada, la suya, oscilaban sobre la calle como a punto de caer y romperse en astillas entre las carcajadas de los invasores. Para que ningún suplicio le fuese negado aquella tarde, su madre le puso el traje de marinero que sólo sacaba del armario cuando iban a visitar a algún pariente lúgubre. Por eso se escondía, aparte el miedo que le daban los hombres, porque los niños de la calle, si lo vieran vestido así, con aquel lazo azul sobre el pecho y la esclavina absurda que le recordaba un hábito de monaguillo, se reirían de él con la saña unánime de su confabulación, porque eran como los hombres que devastaban su casa, sucios, grandes, inexplicables y malvados.

Dios nos valga, dijo luego su madre, en el comedor ahora vacío, mirando las paredes desnudas, las manchas de claridad donde estuvieron los cuadros, mordiéndose los labios pintados, y su voz ya no sonaba igual en la casa despojada.



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