
Columnas blancas, una alta cúpula de vidrios rojos, amarillos, azules, un hombre de pelo gris que no se parecía a los héroes del cine y que lo tomó de la mano para conducirlo a un gran salón de suelo entarimado donde brillaba como luna fría la última claridad de la tarde mientras una gran sombra que tal vez no pertenece a la realidad, sino a las modificaciones de la memoria, iba anegando las paredes sobrenaturalmente cubiertas por todos los libros del mundo. Estuvo primero inmóvil, sentado en el filo de una silla tan alta que sus pies no rozaban el suelo, sobrecogido por el tamaño de todas las cosas, de las estanterías, de los ventanales que daban a la plaza, del vasto espacio sobre su cabeza. Una mujer lenta y enlutada vino para servirles pequeñas tazas humeantes y le ofreció a él algo, un bombón o una galleta, hablándole de usted, cosa que le desconcertó tanto como descubrir que aquella caja tan alta y oscura y tapada con un cristal era un reloj. Ellos, sus padres y el hombre a quien habían dado en llamar su tío, hablaban en voz baja, en un tono lejano y neutro que adormecía a Minaya, actuando como un sedante para su excitación y permitiéndole que se recluyera en la secreta delicia de ir mirándolo todo como si estuviera solo en la biblioteca.
