Habían cerrado la puerta y lo llevaban de la mano caminando en silencio, y no le contestaron cuando preguntó a dónde iban, pero él, con la inteligencia aguzada por la súbita irrupción del desorden, lo supo antes de que doblaran la esquina de la plaza de San Pedro y se detuvieran ante la puerta con llamadores de bronce que eran manos de mujer. Su padre se ajustó el nudo de la corbata y se irguió dentro del traje de domingo como para recobrar toda su estatura, entonces prodigiosa. «Anda, llama tú», le dijo a su madre, pero ella se negó agriamente a hacerle caso. «Mujer, no querrás que nos vayamos de Mágina sin despedirnos de mi primo.»

Columnas blancas, una alta cúpula de vidrios rojos, amarillos, azules, un hombre de pelo gris que no se parecía a los héroes del cine y que lo tomó de la mano para conducirlo a un gran salón de suelo entarimado donde brillaba como luna fría la última claridad de la tarde mientras una gran sombra que tal vez no pertenece a la realidad, sino a las modificaciones de la memoria, iba anegando las paredes sobrenaturalmente cubiertas por todos los libros del mundo. Estuvo primero inmóvil, sentado en el filo de una silla tan alta que sus pies no rozaban el suelo, sobrecogido por el tamaño de todas las cosas, de las estanterías, de los ventanales que daban a la plaza, del vasto espacio sobre su cabeza. Una mujer lenta y enlutada vino para servirles pequeñas tazas humeantes y le ofreció a él algo, un bombón o una galleta, hablándole de usted, cosa que le desconcertó tanto como descubrir que aquella caja tan alta y oscura y tapada con un cristal era un reloj. Ellos, sus padres y el hombre a quien habían dado en llamar su tío, hablaban en voz baja, en un tono lejano y neutro que adormecía a Minaya, actuando como un sedante para su excitación y permitiéndole que se recluyera en la secreta delicia de ir mirándolo todo como si estuviera solo en la biblioteca.



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