
Torcimos por una nueva calle y había luces. Pero no eran luces como las de antes, como el centelleo de la ciudad céntrica y hermosa; eran unos cuantos puñados de bombillas desnudas, agrupadas aquí y allá sobre algunas puertas. De cerca te cegaban y te deslumbraban, pero en cuanto te alejabas cuatro pasos te atrapaban de nuevo las tinieblas: parecían puestas para aturdir, no para iluminar. Subimos por la calle y nos decían cosas. Hombres extraños que había debajo de las bombillas y que nos invitaban a pasar. Y por las puertas entreabiertas salía humo y un resplandor rojizo, un aliento de infierno. Repiqueteaban los tacones de Amanda en las baldosas húmedas, redoblaba mi corazón dentro del pecho; subíamos y subíamos, mirando hacia delante, como si los hombres no existieran, y ellos gritaban, murmuraban, reían, extendían hacia nosotras sus zarpas diablunas. La calle se hacía más y más empinada y las piernas pesaban como piedras; era un vértigo de luces y de sombras y el calor de las bombillas me secaba las lágrimas.
De pronto, cuando menos me lo esperaba, nos metimos en un portal y subimos por una escalera estrecha de madera. Arriba había un mostrador y una señora vieja y muy pintada.
– La dos -dijo Amanda, con una voz ronca y sin aliento.
Se le habían escapado unos cuantos mechones de debajo de la gorra de punto y los tenía pegados a la sofocada cara, no sé si por la lluvia o por el sudor. No tenía buen aspecto, pero la vieja repintada nos miró sin ningún interés y le tendió la llave con gesto aburrido. Amanda tiró de mí pasillo adelante. Se detuvo junto a una puerta, dejó la maleta en el suelo, abrió, entramos, erró, echó los dos pestillos y se apoyó contra la hoja dando un hondo suspiro. Estaba temblando.
