
Me soltó la mano y entonces me di cuenta de que la tenía mojada y muy caliente. Me la sequé en la falda con disimulo mientras contemplaba la habitación. Era un cuarto pequeño con dos camas grandes que no dejaban mucho sitio. Las paredes estaban empapeladas con unas flores pardas y en el suelo había una alfombra bastante sucia de color anaranjado y pelo largo. Detrás de la puerta, un lavabo pequeño que parecía nuevo. Al lado, una cómoda desvencijada con unos agujeros redondos allí donde hubieran debido estar los tiradores. Súbitamente algo rugió y restalló en el aire sobre nuestras cabezas, y el cristal de la ventana tintineó.
– No te preocupes, es un avión. Estamos al lado del aeropuerto -explicó la mujer.
Nos mantuvimos en silencio mientras escuchábamos, cada vez más lejano, el retumbar del cielo.
– Ahora que lo pienso, ¿tienes hambre? Allí hay queso y un poco de pan, y después, ¡mira lo que tengo! ¡Chocolate! -dijo Amanda con una animación que sonaba a falsa y sacándose una barrita del bolsillo.
Cogí el chocolate, sobre todo porque ella quería que lo cogiera. Amanda sonrió complacida. Se quitó la gorra de punto y después el abrigo; llevaba unos pantalones negros y un jersey azul y estaba delgadísima. Con su cara redonda y sus mejillas blandas parecía prometer un cuerpo más lleno; pero era muy frágil, huesuda, rectilínea, los hombros estrechos, las muñecas muy finas. Se secó el cabello húmedo con el forro del abrigo y luego se dejó caer sobre la cama con un resoplido:
– Estoy agotada…
Yo hubiera querido preguntarle qué hacíamos allí, a quién esperábamos, cómo iba a ser mi vida. Pero en vez de hacer eso, me acerqué a la ventana y aparté el visillo.
