
– Tú también estarías enfurruñado si tuvieras que aclararte con todas estas agendas en vez de estar ahí sentado leyendo.
– Estoy trabajando -replicó, confirmando que, sí, estaba leyendo un informe de algún tipo; sólo confiaba en que fuera jugoso y que lo dejara ahí encima cuando se levantara para ir al baño o algo parecido-. Y no tendrías ningún problema con el calendario si hubieras hecho caso de mi sugerencia.
Lo que él había sugerido era casarnos en Gatlinburg, la capital de las bodas, en alguna de sus chabacanas capillas, donde no podría rodearme de las cosas que me gustan. Podía superar lo de la capilla nupcial, pero en otra ocasión ya intenté hacer la maleta para celebrar un acontecimiento especial lejos de casa y aprendí una dura lección: siempre olvidas algo. No quería pasar el día de mi boda yendo a toda prisa de un lado a otro, intentando encontrar algo con lo que reemplazar lo que me había olvidado.
– O podemos casarnos aquí en el juzgado -comentó.
Este hombre no tiene un pelo de romántico, algo que en realidad me parece bien, porque yo tampoco tengo mucho de romántica, y demasiada sensiblería me pondría de los nervios. Pero, por otro lado, yo sé CómoSeHacenLasCosas, y quiero tener fotografías para demostrárselo a mis hijos.
Y ésa era otra de las cuestiones que me tenían estresada. Una vez celebrado mi trigésimo primer cumpleaños, me encontraba mucho más cerca de la amniocentesis. Tuviera los hijos que tuviera, quería tenerlos antes de llegar a esa edad en que cualquier tocólogo con un mínimo instinto de supervivencia y un temor saludable a las querellas ordena de forma automática una amniocentesis. No quiero que me claven una larga aguja en la tripa. ¿Y si le da al bebé en el ojo o algo así? ¿Y si esa larga ventosa pasa de largo y perfora mi columna vertebral? Sabéis lo que pasa en Péter Pan, ¿no? ¿Cuando el cocodrilo se ha tragado un reloj y queda claro que el bicho está acercándose porque el tic tac suena cada vez más fuerte? Mi reloj biológico marcaba los segundos como ese puñetero cocodrilo. O tal vez fuera un caimán. Qué más da. En vez de «tic tac» decía «Amnio» (la palabra entera no se ajustaría al ritmo del tic tac) y aquello era algo que me provocaba pesadillas.
