
Adiós boda. Qué demonios. Adiós Blair.
Di un brinco. De hecho, me abalancé hacia delante. Y fue un esfuerzo heroico, digno de una campeona, permitidme que lo diga. No hay nada como pensar que estás a punto de acabar hecha puré para tener muelles en las piernas. Ni siquiera en mis tiempos de animadora en la universidad había sido capaz de un salto así.
Con un estruendo, el coche pasó tan cerca de mí que noté el calor del tubo de escape; aún estaba en el aire en ese momento, así de cerca estuve de que me atropellara. Oí el chirrido de los neumáticos, luego caí sobre el asfalto detrás de la furgoneta, y fue como si las luces se apagaran, o algo así.
Capítulo 3
No perdí el conocimiento, o al menos no por completo. El mundo no era más que una mancha oscura dando tumbos. Recuerdo la sensación abrasadora al rodar por el asfalto como si derrapara. Recuerdo pensar «¡Mis zapatos!», mientras intentaba seguir agarrando los paquetes con desesperación. Recuerdo el pitido en los oídos y el repentino sabor caliente a sangre en la boca. Y recuerdo lo que parecía una onda expansiva de dolor golpeando todo mi ser.
Luego cesó todo movimiento y me encontré echada sobre el asfalto, que seguía caliente pese a ser ya de noche, aunque no demasiado segura de dónde me encontraba o qué había sucedido. Oía sonidos, pero no distinguía qué eran o de dónde venían. Lo único que quería hacer era seguir allí tirada e intentar contener la furia de mi cuerpo al encontrarse herido. Me había hecho daño. Mi cabeza palpitaba con un horrible dolor punzante, punzante, punzante, al compás de mis latidos. Sentía calor, luego frío, y ganas de vomitar. Notaba los dolores agudos, las quemaduras, los pinchazos y punzadas; no podía aislar todas las sensaciones y darles sentido, no podía determinar la ubicación o gravedad, ni hacer nada al respecto.
