Hice malabarismos con mis paquetes para poder sacar la llave del bolsillo y di al botón del control remoto mientras bajaba del bordillo. Había una furgoneta aparcada en la plaza de minusválidos, que por supuesto era la primera de la fila, y yo había aparcado justo en la segunda plaza. Mi precioso cochecito me hizo una señal de bienvenida con sus faros.

Oí el sonido fluido de un coche acelerando y me detuve, todavía cerca del bordillo. Tras un rápido vistazo, creí disponer de tiempo suficiente para cruzar sin problemas antes de que el coche se acercara, así que reanudé mi caminata sobre el asfalto.

Todo parecía normal. No presté mucha atención al coche que se acercaba; empezaba a dolerme la mano izquierda de lo que pesaban todas las bolsas de plástico que llevaba, y las distribuí mejor. De todos modos, algo -un susurro del instinto diciéndome que el sonido de aquel coche estaba demasiado próximo- me hizo alzar la vista en el momento en que pareció abalanzarse sobre mí, como si el conductor hubiera pisado a fondo el acelerador.

Me pareció un coche gigante al verlo venir directo hacia mi persona, deslumbrándome con sus faros, que me cegaron. Sólo capté la vaga impresión de una forma oscura tras el volante, gracias únicamente a las luces del aparcamiento. Había mucho espacio para que el coche me esquivara, pues no tenía necesidad de acercarse, pero lo hizo.

Me apresuré a dar un salto para apartarme y, en la milésima de segundo que vino a continuación, juro que el conductor pareció rectificar la dirección también, e ir por mí.

El pánico explotó en mi cerebro. Lo único que pude pensar -y no fue un pensamiento coherente, completo; más bien fue darse cuenta con un «¡Oh Dios mío!»- era que si el coche me daba, acabaría empotrada entre él y la furgoneta.



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