
– Es la bata -comenté. Me encanta recalcar lo obvio, sobre todo cuando hablo con Wyatt. Le saca de sus casillas-. Nunca he visto una bata que aguante en su sitio.
– Así que no lo niegas.
No sé de dónde ha sacado la idea de que si no contesto directamente a sus preguntas, estoy admitiendo la acusación que va implícita, sea cual fuere. En este caso, sin embargo, me sentía perfectamente justificada a negarlo de plano, porque todo lo del pezón había sido una coincidencia, y cualquier mujer que se precie de ello aprovecha cualquier oportunidad al vuelo.
– Lo niego -dije con un deje de desafío en mi tono-. Estoy intentando mantener una conversación seria, y lo único en lo que puedes pensar es en el sexo.
Por supuesto que ahora tenía que demostrar que yo estaba equivocada, y entonces arrojó el informe encima de la mesa.
– De acuerdo, pues mantengamos esa conversación tan seria.
– Yo ya la he iniciado. La pelota está en tu terreno.
Por la manera en que entrecerraba los ojos, advertí que necesitaba retroceder mentalmente. Pero Wyatt es sagaz, sólo tardó un par de segundos.
– De acuerdo, ¿por qué no puedes casarte conmigo? Pero antes de que empieces, déjame señalar que vamos a casarnos y que te estoy dando una semana más para fijar la fecha porque, si no, vamos a hacerlo a mi manera, aunque tenga que secuestrarte y empujar tu culo hasta Las Vegas.
– ¿Las Vegas? -farfullé-. ¿Las Vegas? Ni hablar. Britney puso Las Vegas en lo alto de la lista de lo hortera al casarse ahí. Desprecio el concepto de una boda en Las Vegas.
Me miró como si quisiera golpear la mesa con la cabeza otra vez.
– ¿De quién diablos hablas? ¿Qué Britney?
– No importa, señor negado. Tú sácate Las Vegas de la cabeza de forma permanente como lugar para celebrar bodas.
– No me importa si nos casamos en medio de la autopista -dijo con impaciencia.
– Yo quiero casarme en el jardín de tu madre, pero ahora eso sigue siendo discutible porque no puedo casarme contigo. Y punto.
