– Retrocedamos un poco y volvamos a intentarlo. ¿Por qué no?

– ¡Porque mi nombre sería Blair Bloodsworth! -gemí-. ¡Tú mismo lo has dicho! -¿Cómo podía ser tan olvidadizo?

– Bien… sí-respondió con gesto de perplejidad. No lo pillaba. De verdad, no lo pillaba.

– No puedo hacerlo. Es demasiado cursi, así de simple. Para el caso, igual podrías llamarme Buffy. -Sí, sé que no tenía que adoptar obligatoriamente su apellido, pero cuando inicias negociaciones siempre marcas alto, para darte cierto margen de maniobra. Estaba iniciando negociaciones, aunque no hacía falta explicarle eso a él. Su frustración alcanzó un punto crítico, y rugió: -¿Quién puñetas es Buffy? ¿Por qué tienes que meter a esa gente en esto?

Ahora era yo la que quería darse con la cabeza en la mesa. ¿Nunca leía una revista? ¿Miraba algo aparte de los partidos de fútbol americano y los canales de noticias de la tele? Daba miedo percatarse de que vivíamos en dos culturas tan diferentes, y que aparte de los partidos de fútbol, que me encantan, nunca seríamos capaces de ver la tele juntos, nunca podríamos pasar una noche amigable y agradable juntos delante del brillo romántico de la pantalla. Me vería obligada a matarle, y ninguna mujer del jurado votaría a favor de enviarme a prisión, desde luego que no.

Por un instante fugaz vi cómo tendría que ser nuestra vida juntos: necesitaría tener mi propia televisión, lo que significaba tener mi propio cuarto para ver la televisión… lo que significaba reformar la casa de Wyatt o al menos reconfigurarla… Acogí aquella idea con enorme alegría, porque me había estado preguntando cómo podía comunicárselo a él: su casa me gusta de verdad, o al menos la disposición básica, pero la decoración es rigurosamente la de un hombre que vive solo, lo cual la hace apenas habitable. Necesitaba poner mi sello.

– ¿No sabes quién es Buffy? -le pregunté susurrando, con los ojos muy abiertos y horrorizados. Gesticulé con todas mis fuerzas.



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