Noté entonces que la maleta -en realidad se parecía a una cartera de hombre de negocios, con incrustaciones de metal en los ángulos y cerradura cifrada- pesaba menos que otras veces, pero no quise preguntarme qué contendría ni por qué había tenido yo que cruzar media Europa para llevarla allí. En mi juventud esa clase de enigmas solían depararme amaneceres de insomnio y minutos de frío sudor en los pasillos de las aduanas. Sopesé la maleta y contuve las ganas de tirarla también y de no saber dónde y regresar a Milán en el avión de medianoche decidido a no contestar nunca más a los teléfonos que sonaban a deshoras y a devolver las postales que me enviaran de París. No les debía nada ni me apetecía reclamarles nada, ni siquiera el tiempo que había gastado secundando sus fantasmagorías de conspiración y vengativo regreso.

Cerca de la carretera el viento era más frío y la lluvia dispersa me atería las manos y la cara. Cuando me volví me sorprendió comprobar que no quedaba ninguna luz encendida en el edificio de la terminal: sólo permanecía muy débilmente iluminada la torre de control. Tal vez, sin premeditación ni malicia, me habían engañado, y ningún avión saldría aquella noche hacia Milán. Un automóvil con los faros apagados se deslizó entonces junto a mí, sin que yo lo hubiera visto antes ni pudiera saber de dónde procedía, emanado de la oscuridad, como la sombra de un árbol. «Señor», oí que me decían, «¿esperaba usted un taxi?». Dije que sí, me acomodé en el interior frotándome las manos, y antes de que se me ocurriera decidir donde iría comprendí que el idioma inusual y sonoro que hablaba el conductor era el duro español de mi adolescencia.

2

Tenía mojado el cuello de la gabardina y me dolía un poco la garganta, y el presentimiento de la fiebre era como una voz que me llamaba, avisándome, diciéndome que no debería haber emprendido el viaje, que tal vez aún estaba a tiempo de decirle al conductor que volviera a llevarme al aeropuerto, al refugio inseguro de aquel avión cuyas hélices resplandecían y vibraban como en los vuelos secretos de la guerra.



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