Miré con desaliento la cara mal afeitada del hombre que me explicaba estas cosas y luego la extensión vacía del vestíbulo y el reloj que señalaba las ocho y diez con una especie de indiferente crueldad. La cantina estaba cerrada: debajo de la barra permanecía encendida una sola luz, como esas lámparas votivas que no se apagan de noche. Salí afuera, a la oscuridad, escuchando motores de automóviles tras el rumor de los árboles. Me gustaba mirar la sombra que me precedía y oír mis propios pasos sobre la grava húmeda. Muchos años atrás yo había perdido el hábito de la desesperación. Casi ninguna de las adversidades de segundo orden que trastornan a otros lograba imponerse a mí durante más de quince o veinte minutos, y eso era, supongo, lo que me había agregado un prestigio de frialdad y eficacia que algunos atribuían a la prosperidad de mi negocio y a mi tranquila vida en el sur de Inglaterra. Me ocurría más bien, sobre todo cuando estaba de viaje, que no encontraba nada que no me pareciera simultáneamente hospitalario y extraño: quedarme varias horas aislado y sin nada que hacer en un aeropuerto solitario se convirtió misteriosamente en una circunstancia memorable.

Sin darme cuenta me había alejado tanto de la terminal que ya estaba a unos pasos de la carretera. Las farolas, más altas que los árboles, fosforecían tras la tenue lluvia sesgada y alumbraban rostros fugaces de automovilistas conduciendo solos hacia la ciudad que yo no podía ver. Sobre la hierba húmeda y la grava mis zapatos tenían un crujido monótono como de maderas de buque. Decidí concederme un paréntesis de impaciencia y de rabia y tiré a la maleza la revista española que ya no me iba a servir de contraseña.



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