anaqueles vacíos yarbitrarias columnas yun reloj en el que estaba escrito el nombre de una fábrica textil catalana que debió de quebrar hacia principios de siglo, no mucho antes de que las agujas se detuvieran para siempre en una hora del anochecer o del alba, las siete y veinte. La esfera no tenía cristal, y las agujas eran más delgadas que filos de navajas. Cuando las toqué me herí ligeramente el dedo índice, y pensé que él, durante los días y las noches de su encierro, las habría movido de vez en cuando para obtener una ficción del paso rápido del tiempo, o para hacerlo retroceder, ya al final, cuando con un instinto de animal perseguido que desconfía de la quietud y el silencio imaginó que el mensajero a quien estaba esperando no iba a traerle la posibilidad de la huida sino la certidumbre de morir, no heroicamente, según él mismo fue enseñado a desear o a no temer, sino en la condenación y la vergüenza.

Tirados por el suelo había periódicos viejos que sonaban a hojarasca bajo mis pisadas, y colillas de cigarros con filtro y huellas secas de barro, porque la noche en que huyó o fingió huir de la comisaría, me dijeron, había estado lloviendo tan furiosamente que algunas calles se inundaron y se fue la luz eléctrica en el centro de la ciudad. Por eso pudo escapar tan fácilmente, explicó luego, tal vez temiendo ya que alguien recelara, todas las luces se apagaron justo cuando lo sacaban esposado de la comisaría, y corrió a ciegas entre una lluvia tan densa que no podían traspasarla los faros de los automóviles, de modo que los guardias que empezaron a perseguirlo y dispararon casi a ciegas contra su sombra no pudieron encontrar su rastro en la confusa oscuridad de las calles.

El colchón donde había estado durmiendo guardaba todavía un agrio olor a lana húmeda tan intenso como el olor a orines corrompidos que procedía del retrete, oculto tras una rígida cortina de plástico verde al fondo de la habitación. La cabecera del camastro estaba situada al pie del mostrador, y no era posible verlo cuando se abría la puerta.



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