A su lado, en el suelo, junto a la lámpara de carburo, vi las novelas amontonadas, algunas sin cubiertas, recosidas con hilo áspero, gastadas por el uso de muchas manos nunca cuidadosas ni limpias, con los bordes de las páginas casi pulverizados, porque eran de esa clase de novelas que se alquilan en los quioscos de las estaciones o en los puestos callejeros. Todas las cosas que había en el almacén, la lámpara de carburo, las novelas, el olor del aire y el de los ladrillos húmedos y el del hule con que estaba pulcramente forrado el interior de los anaqueles, contenían la pesada sugestión de un error en el tiempo, no un anacronismo, sino una irregularidad en su paso, una discordia en la perduración de los objetos, acentuada por la ostensible cortina de plástico verde, por las fechas dispares de los periódicos tirados en el suelo. Uno de ellos era de la semana anterior, otro de hacía varios años, casi del tiempo en que fueron impresas las novelas, cuando fueron escritas y firmadas por Rebeca Osorio.

También ése era un nombre de novela alquilada y pertenecía indisolublemente a aquel tiempo, no a éste, no al día futuro de mi regreso a Madrid con el propósito de matar a un hombre del que no sabía nada más que la expresión triste de su cara y los nombres sucesivos que había venido usando durante su larga impunidad clandestina. Eusebio San Martín era uno de ellos, Alfredo Sánchez, Andrade, Roldan Andrade, ése había sido su nombre en los últimos años y con él moriría. Para que reconociera su escritura me habían mostrado mensajes firmados por él, órdenes o contraseñas trazadas al azar en el reverso de un billete de Metro, escritas con una extraña sintaxis oficial. Me dijeron que manejaba una astucia de hombre invisible y que sabía disparar tan certeramente como yo mismo y esconderse y desaparecer como una sombra. Una noche, en una borrosa ciudad italiana a donde viajé desde



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