
Pero llegaba una postal de París o de Praga y yo, en lugar de romperla y de ir quemando lentamente sus pedazos en el fuego mientras bebía a solas la última copa de la noche, la guardaba bajo llave, contaminado por la misma superstición de sigilo, y me felicitaba al descifrarla, ya bebido y culpable de deslealtad y de algo más imperdonable para ellos, ironía, y a la mañana siguiente preparaba mi bolsa de viaje y contaba una mentira para justificar el abandono de la tienda. Casi siempre el viaje previo era a París: un hotel de segunda categoría, una cita en un café o en el Metro, un hombre de mediana edad que me confiaba consignas y documentos sellados. Algunos decían haber oído cosas sobre mí, me estrechaban la mano, deseándome suerte, religiosamente seguros de que la tendría. La última vez me mintieron. La postal decía «recuerdos de Florencia», pero volé hasta allí y no había nadie esperándome.
Es verdad que entonces me pasaba la mitad de la vida en los aeropuertos, y como en ellos ni el tiempo ni el espacio son del todo reales, casi nunca sabía exactamente dónde estaba y vivía bajo una tibia y perpetua sensación de provisionalidad y destierro, de tiempo cancelado y espera sin motivo. Inútil para cualquier forma no solitaria de vida, había terminado por recluirme en los hoteles y en los aeropuertos como quien se retira a un monasterio, y a veces creía tener, como los monjes, nostalgia de un mundo exterior que en realidad no me importaba, y también como ellos presenciaba visiones y era visitado por la tentación.
