No solicitaron mi opinión, no me dijeron lo que contenía la maleta que me fue entregada en el aeropuerto de París, pero yo pensé que sería un viaje como cualquier otro, que usaban la impunidad de mi pasaporte y la coartada de mi oficio para llevar de un lado a otro de Europa sumas de dinero o vanos impresos clandestinos, porque era así como actuaban siempre, fingiendo que gentes enemigas y espías los asediaban y que a pesar de la conspiración universal urdida contra ellos estaban culminando los episodios de una sublevación definitiva. Para reclamarme casi nunca me llamaban por teléfono, me enviaban postales con unas pocas líneas que tenían tal apariencia pueril de mensajes cifrados que si alguien se hubiera ocupado de interceptarlas sin vacilación me habría calificado de agente extranjero. Yo casi adivinaba su llegada, las esperaba cada vez que me disponía a abrir el buzón, y me decía siempre que ya no les haría caso, que rompería en trozos muy pequeños la próxima postal y seguiría ocupándome de mi tienda de libros y grabados antiguos, un negocio tranquilo y relativamente próspero que tenía la virtud de otorgarme una serenidad más bien sonámbula, un sentimiento de inmersión en la lejanía de otros mundos y de un tiempo que no era del todo el de los vivos. Algunas tardes, cuando cerraba la tienda, iba caminando hasta el embarcadero del Oeste, que parece un buque abandonado, y notaba la violencia del mar bajo las maderas que crujían a mi paso. Muy cerca de la orilla el mar ya parecía una alta sima de naufragios, y en las tardes nubladas cobraba un color gris del que decían que invitaba al suicidio.


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