
Minutos después las luces giratorias de los coches de la policía se perdieron entre la lluviosa oscuridad y los árboles. Las vi muy de lejos, cuando se detuvieron en el cruce de la carretera principal, brillando azules y convulsas como llamas de gas amortiguadas por la niebla. Yo venía en dos vuelos sucesivos de París y de Milán, y no sabía si la hora que señalaba mi reloj era la hora de Italia ni tenía razones para otorgar al paisaje de sombras que circundaba el aeropuerto el nombre exacto de un país: sólo la perezosa somnolencia y el frío me parecieron atributos indudables de aquel lugar sobre el que toda memoria resbalaría siempre como la lluvia sobre las planchas onduladas de los cobertizos.
Me dijeron que a medianoche el mismo avión en el que había venido regresaba a Milán. Consideré con pesadumbre que no podría tomarlo y que esa inmotivada postergación deshacía todos mis cálculos sobre la duración del viaje y volvía inútiles los pasajes de ida y vuelta y las reservas de hotel. Quise pensar que aún era posible que el enlace llegara, porque su retraso quizás obedecía a una norma suplementaria de cautela. «Un joven alto y con barba», me habían explicado, «que llevará bajo el brazo una revista española». Alguien en París había concebido mi llegada y el reconocimiento como un juego de simetrías y signos: también yo, al bajarme del avión, llevaba bien visible un ejemplar de la misma revista, y el otro, en correspondencia, debía dejar a mis pies en la cantina una maleta idéntica a la mía.
Pero nadie se acercó a mí y la cantina se fue quedando vacía, y el camarero apagó una tras otra varias luces hasta dejarla en una penumbra de lugar clausurado. Los últimos viajeros se habían marchado ya y no quedaban taxis junto a las puertas de salida.
