
Pero eso fue en un tiempo en el que decían que un cine era siempre el refugio más seguro, cuando las mujeres no se quitaban sus pequeños sombreros al acomodarse en las butacas y el humo de los cigarrillos se adensaba en los haces cónicos de luz. Recordé un noticiario en el que soldados rusos y americanos cruzaban al mismo tiempo el río Elba y se abrazaban en el agua. En la oscuridad el público del cine masticaba cosas y aplaudía.
Me pareció que la noche y los pasos a mi espalda pertenecían a la exactitud de esos recuerdos. Era como dormirse sin dejar de oír las voces de quienes hablan muy cerca. Un empleado de uniforme me dijo que ya no vendría ningún taxi: durante un segundo tuvo el rostro de aquel acomodador de pelo blanco y respiración afanosa. Le pedí que me indicara dónde había un teléfono. Me dijo que a esa hora, y más aún en invierno, sería difícil que quedara alguien en la compañía de taxis. Anchas limpiadoras de batones azules conversaban velozmente y me miraban como reprobando la irregularidad de mi presencia o el mediocre italiano que usaba para pedir un número de teléfono. Al fin y al cabo, me hicieron entender, hablándome en voz muy alta, yo mismo tenía la culpa de no haber conseguido un taxi, pues perdí tanto tiempo en la cantina que los otros pasajeros ya habían tomado los que estaban disponibles. Vendrían más, desde luego, pero sólo al cabo de tres o cuatro horas, cuando estuviera a punto de salir el último vuelo hacia Milán.
