Cal sospechaba que había otras causas que nadie había imaginado todavía. Como ranger del parque, había llegado a sentir que todo en la naturaleza formaba parte de una obra maestra.

Más por instinto que por la visibilidad de la carretera, tomó la desviación que llevaba a la oficina central del parque. No había mucha gente por allí. No se veían más automóviles que unos cuantos camiones oficiales de mantenimiento y conservación, lo que significaba que apenas debía de haber turistas por el momento. Eso era una ventaja.

Se detuvo en una zona de aparcamiento cerca de la entrada y salió del vehículo tras apagar las luces y el motor.

– ¡Hola, Cal! -dijo la ranger Davis, encargada de la recepción.

Él se volvió hacia ella. Le agradaba su acento sureño.

– Oye, Cindy, ¿cómo has conseguido sobrevivir a estas lluvias torrenciales? -dijo él, quitándose el sombrero para sacudirse el agua y poniéndoselo luego de nuevo.

– Muy fácil, con un impermeable. Seguro que has oído hablar de ellos -replicó Cindy con una cálida sonrisa-. Los jefazos están en la sala de reuniones… ¿Qué está pasando, Cal?

– Que me aspen si lo sé, querida -dijo él en broma, imitando su acento de forma exagerada.

– Algo gordo se está cociendo, créeme.

La ranger Davis tenía muy buen carácter y muy buena disposición. A todo el mundo le caía bien. Había sido también muy amiga de Leeann.

– Pues no sabes cuánto me alegro. Me encantan los guisos, Cindy.

– ¡Oh! -dijo ella con un mohín, viendo que le estaba tomando el pelo-. ¡Fuera de aquí!

– Sí, ya me voy -replicó él con una sonrisa, y se dirigió a la sala de reuniones.

Al llegar a la puerta vio a Beth, la secretaria de Vance, una mujer de mediana edad. Iba con dos bandejas repletas de humeantes tazas de café y se la veía algo apurada.

– ¿Necesitas ayuda, Beth?

– Gracias, puedo arreglármelas. Pero podrías traerme los donuts y las servilletas. Están en mi mesa.



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