
– Dile luego al jefe que te he estado ayudando, así no me pondrá una cruz por haber llegado tarde -dijo Cal, dirigiéndose hacia la mesa de Beth mientras escuchaba su risa a lo lejos.
Encontró tres paquetes de donuts y una bolsa de servilletas de papel. Estaba muerto de hambre, así que abrió uno de los paquetes y sacó un donut de chocolate.
Lo había devorado ya cuando se presentó en la sala de reuniones. Beth le recogió las cosas que llevaba y lo puso todo sobre una mesita que había pegada a la pared.
– Tienes un poco de chocolate en la boca -le dijo ella en voz baja.
– ¿En qué lado?
– Yo me limpiaría los dos.
Tomó una servilleta para borrar las pruebas del delito.
– ¿Y ahora? ¿Cómo me ves?
– Si lo que quieres es que te regale los oídos, vas fresco.
Él se rió y dejó el sombrero al otro lado de la mesa. Por el sonido que hacía el techo, debía de estar cayendo una lluvia torrencial. La sala estaba llena de gente. Cal echó un vistazo a la gran mesa ovalada y tomó asiento entre dos de sus mejores amigos, el ranger Mark Sims y el ranger Chase Jarvis, ayudante del jefe. Ambos estaban hablando en ese momento por sus teléfonos móviles.
Chase miró de reojo el uniforme mojado de Cal y sonrió con cara de burla nada más colgar el teléfono.
– No empieces, Chase -le advirtió Cal.
– No sé por qué lo dices, Cal. Me he pasado toda la noche de guardia. ¿Cómo te ha ido en Ohio?
– Mejor que nunca. Gracias por haberme dado esos días libres.
Sólo había un problema cada vez que iba a casa de su familia: sus padres se estaban haciendo viejos y él volvía siempre a Yosemite con un sentimiento de culpabilidad. Pero sabía que sería muy desgraciado si se quedaba con ellos. Estaba tratando de superar su dolor por la pérdida de Leeann y estar en contacto con la naturaleza, haciendo lo que más le gustaba, le ayudaba a cicatrizar las heridas.
