
Cuando acabó el turno de preguntas, ella se volvió hacia Halian.
– La fundación se hará cargo de todos los gastos, incluidos los salarios de Lonan y de los muchachos -dijo ella-. Aunque sean voluntarios, parece justo compensarles por el salario que percibirían si se quedasen trabajando en el poblado. Yo estaré con ellos todo el tiempo y les cuidaré como si fueran mis propios hermanos.
Halian miró detenidamente a todos los miembros de la mesa y luego fijó su mirada en Alex.
– Dejaremos que vayan también los muchachos de diecisiete años -dijo con una sonrisa indulgente.
Alex no cabía en sí de felicidad.
– Eso es maravilloso, Halian. Ahora que tengo tu permiso, me pondré en contacto con el parque para que nos den su aprobación final. Te tendré informado de todo. Gracias.
Acabada la reunión, se dirigió al rancho de su familia, situado a mitad de camino entre Albuquerque y el territorio zuni. Una vez allí, vio que aún no habían llegado sus padres. Se sentía demasiado emocionada como para quedarse sola en casa, así que se fue al establo, ensilló a Daisy y salió montada a lomos de su yegua favorita en dirección a la colina de Sunset Butte.
Desde allí podía ver la puesta del sol detrás de las montañas. Respiró una bocanada de aire puro con perfume a tomillo, se bajó del caballo y se sentó en una lancha de piedra para disfrutar del momento. Desde aquella altura se divisaba todo el rancho de sus padres, así como el poblado con los restos de antiguos campamentos zunis llenos de petroglifos y utensilios, de una antigüedad de hasta más de mil quinientos años. Tanto su madre como ella tenían amigos zunis y habían aprendido a comunicarse con ellos en su propia lengua, el shiwi.
